Lo bueno que tienen los niños es que son muy perseverantes. Ellos no se caen y dicen "Ea, pues yo ya no lo intento más, a gatear se ha dicho", no, ellos se vuelven a levantar y lo vuelven a intentar, a sabiendas de que es posible que vuelvan a caerse.
Cuando aprendimos a hablar nos pasó lo mismo. Seguro que hasta el mismísimo Cervantes, cuando sólo era el pequeño Miguelín, decía "Yo ahí no cabo, mamá" o "se ha rompido solo, papá". ¿Se rindió? Pues no, aprendió a hablar y a escribir tan bien que hoy día es un referente de la literatura mundial.
Parece que los peques sólo pueden aprender, pero también pueden enseñarnos grandes lecciones: que hay que disfrutar de las pequeñas cosas, que hasta una caja de cartón puede llegar a ser un fórmula 1 si le echamos imaginación y, sobre todo, que no hay que rendirse ante las dificultades.
La vida, para darle emoción a las cosas, nos suele poner las cosas difíciles a la hora de conseguir lo que queremos. Cuanto más ambicioso es nuestro sueño, más dificultades suele haber. Pero eso no es más que una criba de la vida para que no haya overbooking. Si no, todos seríamos multimillonarios haciendo el trabajo de nuestros sueños, tendríamos al amor de nuestra vida y varios hijos perfectos a los que no se les movería ni el pelo del flequillo.
Menudo aburrimiento, ¿no?
Por eso a los sueños solo llegan los que de verdad luchan por ellos, los que no se rinden y perseveran. Solo así sabremos disfrutar del triunfo cuando llegue y sabremos valorar lo que tenemos. El que llega a la cima por medio de un atajo no disfruta igual de las vistas, no saborea igual la victoria.
Si tienes un sueño lucha por él, no te rindas, da igual que te digan que no lo conseguirás o que eres demasiado ambicioso. Vale la pena intentarlo al menos, porque si no, nunca sabrás si pudiste haberlo conseguido.
Y, para gatear, siempre hay tiempo.

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